Serán Mis Testigos
Mons. Antonio Marino
Homilía de Monseñor Antonio Marino en el inicio del ministerio pastoral como obispo de Mar del Plata (Catedral diocesana, sábado 4 de junio de 2011 - Vísperas de la Ascensión del Señor)
Queridos hermanos:
En el día en que doy inicio al ministerio pastoral como obispo de esta diócesis de Mar del Plata, las palabras de Jesús, dichas a sus apóstoles antes de su ascensión al cielo, así como los acontecimientos que siguieron, adquieren en esta celebración eucarística singular actualidad y brindan un programa oportuno.
“Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos (…) hasta los confines de la tierra” (Hch 1, 8). Desde que la nube ocultara su humanidad resucitada, la Iglesia de Cristo vive abierta a la moción del Espíritu y bajo la guía del testimonio apostólico. Comienza su tiempo, en el cual prolongará la misión de su Fundador, alentada por la promesa que acabamos de escuchar: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).
Jesús se hará presente entre los suyos a través de la acción invisible del Espíritu y mediante el testimonio visible de los apóstoles y de sus sucesores. Antes de manifestarse ante el mundo, ellos deben dar cumplimiento al deseo del Señor de esperar la efusión del Espíritu Santo, que ocurriría nueve días después.
Ellos cumplieron esto fielmente: “Los apóstoles regresaron entonces del monte de los Olivos a Jerusalén (…). Todos ellos íntimamente unidos, se dedicaban a la oración, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos” (Hch 1, 12. 14).
Aquí tenemos, queridos hermanos, el modelo de la Iglesia para todos los tiempos: abierta a la fuerza que descendería sobre los apóstoles por la acción fecunda y misteriosa del Espíritu Santo, la misma fuerza que antes había descendido sobre María para engendrar a Cristo en su seno virginal. Así también queremos sentirnos nosotros hoy: abiertos y disponibles a la gracia del Espíritu de Dios, como los apóstoles unidos con María, madre de Jesús y de la Iglesia.
El Espíritu que procede del Padre y del Hijo, y que por ellos es enviado como regalo a la Iglesia, es la luz y la fuerza que hoy todos anhelamos e invocamos para convertirnos en discípulos y misioneros de Jesucristo. Sin él, el Evangelio que predicamos sería letra muerta, Jesús sólo una gran figura del pasado, la Iglesia una sociedad filantrópica, los trabajos apostólicos, aun los más admirables, serían puro esfuerzo humano y quedarían infecundos.