viernes, 12 de febrero de 2010

Invitan a adherir al manifiesto ciudadano contra el aborto en Argentina

Invitan a adherir al manifiesto ciudadano contra el aborto en Argentina



BUENOS AIRES, 10 Feb. 10 (ACI).- El nuevo sitio web provida argentino http://www.contraelaborto.com.ar/ invita a los visitantes a adherir a un Manifiesto Ciudadano contra el Aborto.

El manifiesto consta de 12 puntos y convoca a mujeres y hombres del mundo a "levantar la voz en nombre propio como ciudadanos responsables, y en el nombre de millones de mujeres silenciadas por la presión de haber sido engañadas a realizar un aborto sin prevenirlas sobre las consecuencias físicas y psicológicas del aborto, amén de la muerte de su hijo, y en nombre de los millones de seres humanos muertos en el mayor genocidio de la historia de la humanidad".

El sitio ofrece además una sección donde invita a los creyentes a formar parte de una red mundial de oración por "los niñitos no nacidos, el fin del aborto y la conversión de quienes propician este atroz genocidio".


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No deje de ver el video: El Holocausto del Aborto.
Haga clic en el siguiente enlace:




martes, 9 de febrero de 2010

Iglesia Católica en España inicia campaña de defensa de la Cruz

Iglesia Católica en España inicia campaña de defensa de la Cruz


MADRID, 08 Feb. 10 (ACI).- El Arcipreste de Guadalajara (España) ha recibido la entusiasta respuesta de numerosas organizaciones católicas del sur del país para lanzar una campaña de defensa de la presencia de los crucifijos y otros símbolos religiosos en los espacios públicos.

El movimiento, según señalan los organizadores, surge como respuesta a la previsible Ley del Gobierno socialista que "regulará" la presencia de los símbolos religiosos fuera del ámbito privado, y que se teme que acabe por prohibirlos; y también a la luz de la controvertida sentencia del Tribunal de la Unión Europea que declaraba ilegal la presencia de la Cruz en las aulas de las escuelas.

Un centenar de organizaciones católicas de la región española se han adherido a un manifiesto que defiende que la presencia del crucifijo "en las aulas y otros espacios públicos", destacando que éste es "parte de nuestra identidad histórica, cultural, y espiritual cotidiana, y aún de la sociedad occidental".

Los firmantes del manifiesto recuerdan que la imagen de Cristo crucificado "es un signo que une a las personas, promueve los principios de igualdad, libertad y tolerancia, porque para Cristo todos los hombres somos hermanos, y por tanto iguales".

Las organizaciones firmantes incluyen a unas 40 asociaciones parroquiales, 16 cofradías y hermandades, 15 asociaciones juveniles católicas, una decena de movimientos eclesiales, así como colegios religiosos, asociaciones de padres de familias, e incluso algunas asociaciones vecinales y culturales no confesionales.

El manifiesto fue presentado esta semana por el Arcipreste de Guadalajara, el P. Ángel Luis Toledano, y por el delegado diocesano de Enseñanza, el P. Pedro Moreno, quienes han anunciado que el documento seguirá abierto a la recepción de nuevas adhesiones.

Los promotores de la campaña esperan que ésta sirva, además, de impulso para otras similares en las diferentes Diócesis del país.



lunes, 8 de febrero de 2010

El Papa invita a responder al llamado vocacional con generosidad

El Papa invita a responder al llamado vocacional con generosidad


VATICANO, 07 Feb. 10 (ACI).- Al comentar las lecturas dominicales fuertemente vocacionales, el Papa Benedicto XVI invitó este domingo durante el Ángelus a rezar por el aumento de las vocaciones sacerdotales, a la vez que invitó a los fieles a considerar seriamente el propio llamado vocacional.

El Papa recordó que Dios, de hombres pecadores y débiles, puede hacer intrépidos apóstoles y anunciadores de salvación.

“El encuentro auténtico con Dios lleva al hombre a reconocer la propia pobreza y limitación, el propio límite y el propio pecado. No obstante esta fragilidad, el Señor, rico de misericordia y de perdón, transforma la vida del hombre y lo llama a seguirlo”, dijo el Santo Padre al meditar sobre la llamada divina.

El Pontífice pasó revista a las experiencias de Isaías, Pedro y Pablo ante la llamada de Dios. “Isaías se encuentra frente al Señor y es sorprendido por un gran temor y el sentimiento profundo de la propia indignidad”.

Por su parte Simón Pedro “no se lanza al cuello de Jesús para manifestar la alegría de la pesca inesperada, sino que se tira al suelo en rodillas diciendo ‘Señor aléjate de mí que soy un pecador’. Entonces Jesús le dice: ‘No temas. De ahora en adelante serás pescador de hombres’, y a esto Pedro dejando todo lo sigue”.

“También Pablo –prosigue el Papa- recordando haber sido un perseguidor de la Iglesia, se profesa indigno de ser llamado apóstol, pero reconoce que la gracia de Dios ha realizado en él maravillas y no obstante los propios límites, le ha confiado la tarea y el honor de predicar el Evangelio”.

El Pontífice resaltó la humildad testimoniada en las tres experiencias invitando a “cuantos han recibido el don de la vocación divina a no concentrarse en los propios límites, sino a mantener la mirada fija en el Señor y en su sorprendente misericordia, para así convertir el corazón y continuar con alegría dejándolo todo por Él”.

“Dios hace de hombres pobres y débiles, pero con fe en Él, intrépidos apóstoles y anunciadores de la Salvación”, recordó el Papa.

Finalmente Benedicto XVI exhortó a cuantos se descubren llamados por Dios al sacerdocio a “responderle con generosidad, sin confiar en las propias fuerzas, y abrirse a la acción de la gracia” y encomendó a la Virgen María las vocaciones sacerdotales.



viernes, 5 de febrero de 2010

El canto que brota de la vida interior - Emilio Portugal Coutinho

El canto que brota de la vida interior
Emilio Portugal Coutinho


Hay un género musical que posee de manera especial el don misterioso de elevar los corazones a lo sobrenatural, a través de la santidad y delicadeza de sus formas: el canto gregoriano

Pocos composito­res clásicos logra­ron tanta fama y re­conocimiento como Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791). Dotado con ca­pacidades musicales extraordinarias, a los cinco años empezó a componer los primeros minuetos. Su genialidad despertó la admiración de grandes maestros contemporáneos y posterio­res a él como Schubert, quien luego de escuchar una de estas piezas mu­sicales, exclamó: "Parece que los ánge­les participan con su canto"[1].

La obra de Mozart es fecunda. A decenas de sinfonías, conciertos, se­renatas y óperas se les reúnen diecio­cho misas, cuatro letanías, tres víspe­ras, además de innumerables canta­tas, oratorios y otras composiciones sacras.

Sin embargo, de cara a esa vasta producción de índole tanto religiosa como profana, Mozart afirmó: "Da­ría toda mi obra por haber escrito el Prefacio de la Misa Gregoriana"[2].

¿Qué perfección, esplendor y mis­terio encierra el canto gregoriano pa­ra que el célebre compositor de Salzburgo hiciera una declaración tan sorprendente?.


Historia que se confunde con la de la Iglesia

Durante siglos se admitió univer­salmente que los himnos de la antigua sinagoga, más propiamente los sal­mos, contribuyeron a formar las raíces del canto de la Iglesia, puesto que los Apóstoles y muchos discípulos suyos eran judíos. Sin embargo, a mediados de la década de 1990 algunos estudio­sos comenzaron a contradecir esta te­sis, alegando que los primeros cristia­nos no utilizaban los textos de los sal­mos, pues se dejaron de cantar en las sinagogas después de la destrucción del Templo el año 70 d.C. [3].

No obstante, es imposible negar que los primeros ritos cristianos to­maron elementos de las ceremonias judías. La raíz de las horas canónicas está en las oraciones israelitas, las pa­labras "amén" y "aleluya" vienen del hebreo, y las tres invocaciones del sanctus derivan del triple kadosh, en la recitación del Kedusha[4]. Es, como mínimo, muy probable que también hubiera influencia judaica en la músi­ca de la comunidad proto-cristiana. Poco se conoce de la historia del canto sagrado hasta fines del siglo VI, cuando el Papa San Gregorio Magno decidió unificar toda la tradición litúr­gica florecida en los siglos anteriores.

Bajo su dirección, un cuerpo de mú­sicos y estudiosos seleccionó las melo­días más convenientes para las cere­monias litúrgicas, completó lagunas y refinó los cantos existentes, "velando con leyes y normas oportunas por la pu­reza e integridad del canto sagrado"[5].

El naciente género musical se hizo co­nocido como gregoriano, en alusión a la iniciativa del santo pontífice.


La "Schola Cantorum"

San Gregorio fundó también la Schola Cantorum, en donde se ense­ñaba y perfeccionaba el canto litúr­gico.

Muchos monasterios y abadías enviaron religiosos a Roma para que recibieran allá la educación musical necesaria, y después volver a comuni­carla a sus hermanos de vocación.

Los niños también tenían su sitio en la Schola Cantorum. Se ha dicho que el propio San Gregorio llegó a darles algunas clases. Ellos cantaban junto a los monjes, alternando cada versículo en los salmos y responsorios, al igual que las estrofas de los himnos.

La importancia de esta institución fue reconocida por los sucesores de san Gregorio, quienes siguieron in­centivándola.

Este centro de referen­cia tuvo como efecto la unificación de los métodos de enseñanza del grego­riano en toda Europa, algo que sería fundamental para su progreso y perfección.


Íntima unión entre música y letra

El canto gregoriano no es un gé­nero musical en el sentido estricto del término. Nació como compañero inseparable de la oración, con el pro­pósito de alabar a Dios y difundir las verdades de la fe. El texto de sus him­nos, salmos y antífonas está tomado muchas veces de la Sagrada Escritu­ra; por lo mismo, a menudo ha sido llamado "la Biblia cantada".

Más de un siglo antes del reina­do de san Gregorio, la unión íntima entre música y palabra había sido vi­vamente apuntada por el gran san Agustín. Al comentar los cantos "eje­cutados con voz clara y modulada", el obispo de Hipona describe sus pro­pios sentimientos: “Juzgo que aun las palabras de la Sagrada Escritura exci­tan nuestras mentes a piedad y devo­ción, más religiosa y frecuentemente, cuando se cantan con aquella destreza y suavidad, cuando todos y cada uno de los afectos de nuestra alma tienen respectivamente su correspondencia en los tonos y en el canto que los suscitan y despiertan por una relación tan ocul­ta como íntima"[6].

En el siglo XX, el Papa San Pío X coronó y precisó esta idea al enseñar que “como parte integrante de la litur­gia solemne, la música sagrada tiende a su mismo fin, el cual consiste en la gloria de Dios y la santificación y edifi­cación de los fieles. La música contri­buye a aumentar el decoro y esplendor de las solemnidades religiosas, y así co­mo su oficio principal consiste en revestir de adecuadas melodías el texto litúrgico que se propone a la conside­ración de los fieles, de igual manera su propio fin consiste en añadir más efi­cacia al texto mismo, para que por tal medio se excite más la devoción de los fieles y se preparen mejor a recibir los frutos de la gracia, propios de la cele­bración de los sagrados misterios”[7].

Décadas después, Pío XII volverá a recordar que "la dignidad de la mú­sica sagrada y su altísima finalidad es­tán en que con sus hermosas modula­ciones y con su magnificencia embelle­ce y adorna las voces del sacerdote que ofrece, o del pueblo cristiano que alaba al Altísimo; y eleva a Dios los espíritus de los asistentes como por una fuerza y virtud innata y hace más vivas y fervo­rosas las preces litúrgicas de la comuni­dad cristiana, para que pueda con más intensidad y eficacia alzar sus súplicas y alabanzas a Dios trino y uno"[8].

Y resaltando el uso de la música al servicio de las Celebraciones Eucarís­ticas, el Papa Pacelli agrega: “Ningu­na acción más excelsa, ninguna más su­blime puede ejercer la música que la de acompañar con la suavidad de los so­nidos al sacerdote que ofrece la divina víctima, asociarse con alegría al diálogo que el sacerdote entabla con el pueblo, y ennoblecer con su arte la acción sagra­da que en el altar se realiza”[9].


El uso del latín

El canto gregoriano se halla ínti­mamente ligado con la lengua de la Antigua Roma, y no tan sólo por su origen histórico. Muchos estudiosos propugnan que sus melodías nacen de la extensión del acento en las pa­labras latinas. Eso explica también la gran dificultad de acomodar el grego­riano a otros idiomas, pues no siem­pre coinciden los acentos melódicos con los idiomáticos.

Francois-René de Chateaubriand, famoso escritor francés del siglo XIX, muestra en una de sus obras más co­nocidas la riqueza expresiva del latín y su perfecta adaptación al culto divino:

“Creemos que una lengua antigua y mis­teriosa, una lengua que los siglos no al­teran, era muy conveniente al culto del Ser eterno, incomprensible, inmutable.

Y, dado que la agudeza de nuestros do­lores nos fuerza a elevar hacia el Rey de reyes una suplicante voz, ¿no es natural que se le hable en el idioma más gentil de la Tierra, en el mismo que usaban las naciones postradas cuando elevaban sus plegarias a los Césares?. Además -¡qué cosa notable! las oraciones en latín parecen duplicar el sentimiento religioso de las muchedumbres”[10].

De ahí que, entre otros motivos, el Concilio Vaticano II recomiende en su constitución Sacrosanctum Conci­lium, sobre la sagrada liturgia: "Pro­cúrese que los fieles sean capaces tam­bién de recitar o cantar juntos en latín las partes del ordinario de la Misa que les corresponde"[11].


Grandeza y majestad del órgano

El gregoriano es modulado al uní­sono, aunque haya muchos cantan­tes.

Cuando aparecieron las primeras composiciones en el austero ambien­te de los monasterios, sólo eran ento­nadas por voces humanas, sin acom­pañamiento instrumental.

El Papa Pío XI, en su Constitución Apostólica Divini cultus sanctitatem, afirma: “Ningún instrumento, ni aun el más delicado y perfecto, podrá nun­ca competir en vigor de expresión con la voz del hombre, sobre todo cuando de ella se sirve el alma para orar y ala­bar al Altísimo”[12].

Aun así, con el paso del tiempo, pa­ra asegurar la afinación y consolidar un apoyo que diera más esplendor a la música, fue permitido el uso del órga­no en la ejecución de las melodías gre­gorianas, siempre y cuando no ahoga­ra la voz de los cantantes. Dice el mis­mo Pío XI: “Por su maravillosa gran­diosidad y majestad [el órgano] fue es­timado digno de enlazarse con los ritos litúrgicos, ya acompañando al canto, ya durante los silencios de los coros y se­gún las prescripciones de la Iglesia, di­fundiendo suavísimas armonías”[13].

El Papa Pío XII, siguiendo la hue­lla de su predecesor, observa: "Entre los instrumentos a los que se les da en­trada en las iglesias ocupa con razón el primer puesto el órgano, que tan particularmente se acomoda a los cánti­cos y ritos sagrados, comunica un no­table esplendor y una particular magni­ficencia a las ceremonias de la Iglesia, conmueve las almas de los fieles con la grandiosidad y dulzura de sus sonidos, llena las almas de una alegría casi ce­lestial y las eleva con vehemencia ha­cia Dios y los bienes sobrenaturales"[14].

Y S. S. Benedicto XVI, tras desta­car que la finalidad de ese magnífi­co instrumento es “la glorificación de Dios y la edificación de la fe”; añade:

“El órgano, desde siempre y con razón, se considera el rey de los instrumentos musicales, porque recoge todos los soni­dos de la creación y -como se ha dicho hace poco- da resonancia a la pleni­tud de los sentimientos humanos, des­de la alegría a la tristeza, desde la ala­banza a la lamentación. Además, tras­cendiendo la esfera me­ramente humana, co­mo toda música de ca­lidad, remite a lo di­vino.

La gran varie­dad de los timbres del órgano, des­de el piano has­ta el fortísi­mo impetuo­so, lo con­vierte en un instrumento superior a to­dos los demás. Es capaz de dar reso­nancia a todos los ámbitos de la exis­tencia humana. Las múltiples posibili­dades del órgano nos recuerdan, de al­gún modo, la inmensidad y la magnifi­cencia de Dios”[15].


El Instituto Pontificio de Música Sacra

El arte vocal fue depurándose a tra­vés de los siglos. El canto llano dio pa­so a la polifonía, la polifonía a la músi­ca de cámara, y ésta a las grandes com­posiciones sinfónicas. Cuerdas, made­ras y metales se fundían armoniosa­mente con las voces en partituras cu­ya grandiosidad y calidad artística pa­recían inaccesibles al canto sencillo y solemne de la Iglesia primitiva.

Así, a principios del siglo XX el gregoriano parecía relegado a monas­terios y ciertas ceremonias litúrgicas en las que era irreemplazable. La mú­sica sacra en su conjunto corría el ries­go de quedar subordinada al arte, per­diendo su fin original. Esto motivó al Papa San Pío X a llevar a cabo lo que más tarde Pío XII denominaría "la or­gánica restauración y la reforma de la música sagrada, volviendo a inculcar los principios y normas transmitidos por la antigüedad y reordenándolos oportu­namente conforme a las exigencias de los tiempos modernos"[16].

Como fruto de su celo, en 1911 fue erigida en Roma la Pontificia Escuela Superior de Música Sacra, que en se­guida se convirtió en el Instituto Pon­tificio de Música Sacra[17].


El Motu Proprio "Tra le sollecitudini"

La esencia de la reforma de san Pío X está contenida en el Motu Pro­prio Tra le sollecitudini, citado por el Papa Juan Pablo II como "código jurí­dico de la música sagrada"[18].

En este documento, a principios del siglo XX, el Papa define las prin­cipales cualidades que deben exis­tir en una composición musical pa­ra que se la pueda considerar "sagrada": "Debe tener en grado eminente las cualidades propias de la liturgia, con­viene a saber: la santidad y la bondad de las formas de donde nace espon­táneo otro carácter suyo: la universa­lidad"[19].

El gregoriano, concluye san Pío X, ofrece dichas cualidades en grado al­tísimo, motivo por el cual se lo consi­dera el canto propio de la Iglesia Ca­tólica.

Así, el Papa llega a establecer la siguiente ley general: "Una compo­sición religiosa será más sagrada y li­túrgica cuanto más se acerque en ai­re, inspiración y sabor a la melodía gre­goriana, y será tanto menos digna del templo cuanto diste más de este mode­lo soberano" [20].


Un refrigerio para el materialismo de nuestro siglo

Hay una relación misteriosa en­tre el canto y la oración. Sin duda, la belleza particular del canto sagra­do consiste, más que en la perfección técnica, en reflejar ese poder arcano que tienen las artes para materializar el espíritu, la aspiración de las almas a la santidad. No sería exagerado de­cir que el gregoriano auténtico nace más del corazón que de los labios.

El Papa Pío XI percibió esto de manera admirable cuando afirmó: "Todo lo que emana de la vida interior de la Iglesia trasciende a los más per­fectos ideales de esta vida terrena"[21].

Por ese motivo el canto gregoriano, pese a su remoto origen, conserva tan­ta vitalidad. Por ese motivo, también, es buscado, escuchado, admirado en su sencillez por innumerables perso­nas, muchas de las cuales no son cris­tianas practicantes. La verdadera mú­sica sacra exhala el perfume de lo so­brenatural, ayudando a saciar la conti­nua sed de sublimidad y eternidad que acosa a nuestro siglo, tan deformado por la ciencia y por la técnica.

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Notas:
[1] BENEDICTO XVI - Discurso al final del Concierto con motivo del Cente­nario de la Diócesis de Bamberg (4/ Sep/2007).
[2] DANIEL-ROPS, Henri - A Igreja das catedrais e das Cruzadas. V III. Sáo Paulo: Editora Quadrante, 1993, p. 429.
[3] HILEY, David - Westem Plainchant. Oxford: Clarendon Press, 1993, pp. 484-485.
[4] APEL, Willi - Gregorian Chant Lon­don: Burns & Oates, 1958, p. 34.
[5] PIO XII - Carta Encíclica Música Sacra Disciplina, n. 4.
[6] PIO XII, Op. cit, n. 14.
[7] PIO X - Motu Proprio Tra le solleci­tudini, n. 1.
[8] PIO XII, Op. cit, n. 14.
[9] PIO XII, Op. cit, n. 15.
[10] CHATEAUBRIAND, Francois-­René de - Génie du Christianisme, Quatriéme Partie - Culte, L. 1, c. 3.
[11] Constitución Sacrosanctum Concilium, n. 54.
[12] PIO XI - Constitución Apostólica Divini cultus sanctitatem, n. 17.
[13] PIO XI, Op. cit, n. 18.
[14] PIO XII, Op. cit, n.18.
[15] BENEDICTO XVI -Bendición del nuevo órgano de la Antigua Capilla, Ratisbona (13/Sep./2006).
[16] PIO XI, Op. cit, n. 7.
[17] La importancia de este instituto para la Iglesia universal fue resaltada por Benedicto XVI, cien años después de su fundación, al recordar que "nume­rosos alumnos, que vienen aquí de to­das las partes del mundo para formar­se en las disciplinas de la música sacra, se convierten a su vez en formadores en sus respectivas Iglesias locales" (Discur­so durante la visita al Instituto Pontifi­cio de Música Sacra, 13/Oct./2007).
[18] JUAN PABLO II - Quirógrafo para el centenario del Motu Proprio Tra le sollecitudini sobre la música sagra­da (22/Nov./2003).
[19] PIO X, Op. cit, n. 2.
[20] PIO X, Op. cit, n. 3.
[21] PIO XI, Op. cit, n. 19.



jueves, 4 de febrero de 2010

Anuncian documento vaticano sobre "absoluta necesidad de oración" para religiosos y consagrados

Anuncian documento vaticano sobre "absoluta necesidad de oración" para religiosos y consagrados


VATICANO, 02 Feb. 10 (ACI).- El Cardenal Franc Rodé, Prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, anunció que dentro de poco este dicasterio dará a conocer dos nuevos documentos, uno de los cuales estará dedicado a la "absoluta necesidad de la oración" para religiosos y consagrados.

En entrevista concedida a Radio Vaticano este 2 de febrero, día en que la Iglesia celebra la Jornada por la Vida Consagrada, el Cardenal Rodé señaló que "hoy en un mundo con tanto movimiento como el nuestro, la oración se convierte ciertamente en algo más difícil. Debemos poner el acento en la absoluta necesidad de la oración en la vida espiritual de un consagrado y de una consagrada. Esto queremos hacerlo con la realización de un documento que estamos preparando".

Seguidamente explicó que "el Cardenal Cañizares, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, ha tenido la idea –que me ha propuesto– de hacer un documento interdicasterial, con una primera parte confiada a nuestro dicasterio y una segunda por el dicasterio para el Culto Divino, sobre la formación teológica de los religiosos y religiosas".

Este documento, explica el Cardenal Rodé, "es de gran importancia porque de una parte existe cierta 'ignorancia', una cierta falta de conocimiento y de formación litúrgica en los jóvenes religiosos y religiosas, y de otra parte están también las fantasías litúrgicas que no son siempre de buen gusto y no corresponden al deseo y la voluntad de la Iglesia y al espíritu mismo de la Liturgia. Aparecen entonces como necesarios algunos correctivos".

Al hablar luego sobre el segundo documento, el Prefecto señala que "en estos últimos tiempos hemos reflexionado sobre la figura del hermano laico en las congregaciones religiosas de hermanos y en las congregaciones mixtas de sacerdotes y hermanos".

"Queremos hacer un documento dedicado específicamente a esta figura del hermano laico, que es una figura autónoma, una figura que tiene un sentido en sí misma, que tiene una identidad propia. Un hermano laico no es –como se piensa con frecuencia y como la gente cree– alguno que no ha podido o no ha querido o no podía por cualquier razón llegar a ser sacerdote. Se trata de una vocación que tiene una lógica en sí misma, que tiene una misión particular en la Iglesia: y la historia lo prueba ampliamente", explicó.




jueves, 28 de enero de 2010

Innumerables herejías actuales - José María Iraburu

Innumerables herejías actuales
P. José María Iraburu


–Salimos de Pie [Nota: sobre el Card. Pie fueron las entregas anteriores] para hundirnos en un mar de herejías. Vamos bien…

–Ya sé que otros temas podrían atraer a mi blog a más lectores, que van a pasar de largo al ver este artículo. ¿Pero ese pasotismo de tantos cristianos ante la multiplicación de las herejías en la Iglesia no está exigiendo urgentemente la existencia de mi blog? Reforma o apostasía.


En los últimos tiempos la Bestia diabólica ataca a la Iglesia con especial fuerza. Y lo hace por medios muy diversos que se refuerzan entre sí. Señalo algunos principales.

–La persecución sangrienta hasta el martirio. Según se informó en un Symposium sobre «los testigos de la fe en el siglo XX», celebrado en Roma con ocasión del Jubileo del año 2000, de los 40 millones de mártires habidos en los veinte siglos de la Iglesia, cerca de 27 millones murieron mártires en el siglo XX. Obviamente, es muy difícil hacer ese cálculo numérico. Otros datos se dan, por ejemplo, en el libro de Antonio Socci, I nuovi perseguitati, de 2002, donde calcula el autor que 70 millones de cristianos han muerto mártires en la historia de la Iglesia, y que de ellos 45 millones y medio, el 65%, han sido mártires del siglo XX. En todo caso, parece un dato cierto que nunca el Enemigo ha perseguido tan fuertemente a la Iglesia como en nuestro tiempo. Sin embargo, tanto el Príncipe de este mundo como los Principales anti-cristos que le sirven, entienden que no es ésa, de ningún modo, la manera más eficaz de acabar con Cristo en el mundo.


lunes, 11 de enero de 2010

Generar genuina cultura intelectual católica, pide Benedicto XVI a Iglesia en EEUU

Generar genuina cultura intelectual católica,
pide Benedicto XVI a Iglesia en EEUU



VATICANO, 09 Ene. 10 (ACI).- Al recibir esta mañana a los superiores, alumnos y exalumnos del Pontificio Colegio Americano del Norte en ocasión de su 150º aniversario de fundación por parte del Beato Pío IX, el Papa Benedicto XVI recordó que la Iglesia en Estados Unidos está llamada a generar "una ‘cultura’ intelectual que sea genuinamente católica, confiada en la profunda armonía entre fe y razón".

En su discurso en la Sala de la Bendición en el Vaticano, el Santo Padre señaló que "en esta feliz ocasión me uno con alegría a vuestra acción de gracias al Señor, por las numerosas manifestaciones con las cuales este Colegio se ha mantenido fiel a la misión de su fundación, formando a generaciones de dignos predicadores del Evangelio y ministros de los sacramentos, unidos en devoción al Sucesor de Pedro y comprometidos en la construcción de la Iglesia en los Estados Unidos de América".

Tras comentar que este encuentro es ocasión para renovarse en la fidelidad a la Sede de Pedro, en su celo apostólico y su ministerio, Benedicto XVI recordó que en su homilía en el Estadio de los Nationals en Washington en abril de 2008 había expresado su convicción de que la Iglesia en Estados Unidos "está llamada a cultivar una ‘cultura’ intelectual que sea genuinamente católica, confiada en la profunda armonía entre fe y razón, y preparada para llevar la riqueza de la visión de fe ante los diversos asuntos que afectan el futuro de la sociedad estadounidense".

El Papa indicó también que el Pontificio Colegio Americano en Roma "está preparado de manera única a responder a este desafío. En el siglo y medio desde su fundación, el Colegio ha ofrecido a sus estudiantes una experiencia excepcional de la universalidad de la Iglesia, la amplitud de su tradición intelectual y espiritual, y la urgencia de su mandato de llevar la verdad salvadora de Cristo a los hombres y mujeres de todo tiempo y lugar".

"Confío en que gracias a estos signos de la formación romana en cada ámbito de su programa de formación, este Colegio seguirá formando a pastores sabios y generosos, capaces de transmitir la fe católica en su integridad, ofreciendo la misericordia infinita de Cristo a los débiles y a los que han perdido la senda, ayudando a los católicos de Estados Unidos a ser levadura del Evangelio en la vida social, política y cultural de su nación".

El Santo Padre hizo luego votos para que "en estos días se vean renovados en el don del Espíritu Santo que recibieron el día de su ordenación. En la capilla del Colegio, dedicada a la Virgen María bajo el título de la Inmaculada Concepción, Nuestra Señora está retratada acompañada de cuatro sobresalientes modelos y patrones de vida sacerdotal y buen ministerio: San Gregorio Magno, San Pío X, San Juan María Vianney y San Vicente de Paul".

"Durante este Año Sacerdotal –continuó– que estos grandes santos sigan cuidando a los estudiantes que diariamente rezan ante ellos, que sean guía y sostén de vuestro propio ministerio y que intercedan por los sacerdotes de Estados Unidos".




miércoles, 23 de diciembre de 2009

El «sentido» se hizo carne - Joseph Ratzinger

El «sentido» se hizo carne
Cardenal Joseph Ratzinger
Fragmento de un mensaje de Navidad


En la Navidad no celebramos el día natalicio de un hombre grande cualquiera, como los hay muchos. Tampoco celebramos simplemente el misterio de la infancia o de la condición de niño. Ciertamente que lo puro y lo abierto del niño nos hace esperar, nos proporciona esperanza. Nos da ánimos para contar con nuevas posibilidades del hombre. Pero si nosotros nos aferramos demasiado a eso solo, al nuevo comienzo de la vida que se da en el niño, entonces lo único que podría quedar en definitiva sería la tristeza: porque también esto «nuevo» acaba por hacerse algo viejo y usado. También el niño entrará en el campo de concurrencia y de rivalidad de la vida, participará en sus compromisos y en sus humillaciones, y, como remate de todo, acabará siendo, igual que todos, presa y botín de la muerte.

Si nosotros no tuviéramos otra cosa que celebrar que sólo el idilio del nacimiento de un ser humano y de la infancia, entonces en último extremo no quedaría nada de tal idilio. Entonces nada tendríamos que contemplar más que el morir y el volver a ser; entonces cabría preguntarse si el nacer no es algo triste, puesto que sólo lleva a la muerte. Por eso es tan importante observar que aquí ha ocurrido algo más: el Verbo se hizo carne. «Este niño es hijo de Dios», nos dice uno de nuestros villancicos navideños más antiguos. Aquí sucedió lo tremendo, lo impensable y, sin embargo, también lo siempre esperado: Dios vino a habitar entre nosotros. Él se unió tan inseparablemente con el hombre, que este hombre es efectivamente Dios de Dios, luz de luz y a la vez sigue siendo verdadero hombre.

Así vino a nosotros efectivamente el eterno sentido del mundo de tal forma que se le puede contemplar e incluso tocar (cf. 1 Jn 1,1). Pues lo que Juan denomina «la Palabra» o «el Verbo», significa en griego al mismo tiempo algo así como «el sentido». Según eso, podemos también traducir nosotros: «el sentido se ha hecho carne». Pero este sentido no es simplemente una idea corriente que penetra en el mundo. El sentido se ha aplicado a nosotros y ha vuelto a nosotros. El sentido es una palabra, una alocución que se nos dirige. El sentido nos conoce, nos llama, nos conduce. El sentido no es una ley común, en la que nosotros desempeñamos algún papel. Está pensado para cada uno de una manera totalmente personal. Él mismo es una persona: el Hijo del Dios vivo, que nació en el establo de Belén.

A muchos hombres, tal vez nos parece esto demasiado hermoso para que sea verdadero. Aquí se nos dice: sí, existe un sentido. Y el sentido no es una protesta impotente contra lo que carece de sentido. El sentido tiene poder. Es Dios. Y Dios es bueno. Dios no es un ser sublime y alejado, al cual nunca se puede llegar. Se halla totalmente próximo, al alcance de la voz, y se le puede alcanzar siempre. Él tiene tiempo para mí, tanto tiempo que hubo de yacer en un portal y que permanece siempre como hombre. Pero nos volvemos a preguntar: ¿puede ser esto verdad? ¿se amolda efectivamente a Dios el ser o hacerse niño? No queremos creer que la verdad es hermosa; según nuestra experiencia, la verdad es, en fin de cuentas, por lo general cruel y sucia: y cuando alguna vez parece que no lo es, entonces horadamos y cavamos en torno a ella hasta confirmar nuevamente nuestra sospecha.

Del arte se dijo una vez que servía a lo bello y que esta belleza era, a su vez, splendor veritatis, el esplendor o el brillo de la verdad, su resplandor interior. Pero hoy día, el arte cree que su misión o tarea más alta consiste en desenmascarar al hombre como algo sucio y repugnante.

Si nosotros pensamos en los dramas de B. Brecht, toda la genialidad del poeta se aplica también aquí al descubrimiento de la verdad, pero no ya para mostrar sus luces, sino para demostrar que la verdad es sucia y que la suciedad es la verdad. El encuentro con la verdad no ennoblece, sino que envilece. De ahí que surja la mofa contra la Navidad y la burla contra nuestra alegría.

Pero, de hecho, si no hay Dios, entonces no hay ninguna luz, sino que sólo nos queda la sucia tierra. Ahí radica la realmente trágica verdad de tal «Poesía».

[...] Él vino como niño para quebrar nuestra soberbia. Tal vez nosotros capitularíamos antes frente al poder o a la sabiduría. Pero él no busca nuestra capitulación, sino nuestro amor. Él quiere librarnos de nuestra soberbia y así hacernos efectivamente libres. Dejemos, pues, que la alegría tranquila de este día penetre en nuestra alma. Ella no es una ilusión. Es la verdad. Pues la verdad, la última, la auténtica, es hermosa. Y, al mismo tiempo, es buena. El encontrarse con ella hace bueno al hombre. Ella habla a partir del Niño, el cual, sin embargo, es el propio hijo de Dios.

sábado, 12 de diciembre de 2009

La Guadalupana, tu madre - P. Mariano de Blas

La Guadalupana, tu madre
P. Mariano de Blas LC


Tenemos miedo de tantas cosas, la enfermedad, falta de dinero, que nos roben, miedo al futuro. Pero Ella nos dice: “No temas..."


El nombre más repetido en las mujeres mexicanas es el de GUADALUPE. Por eso muchas celebran su santo el 12 de Diciembre, fecha en que una mujer vestida de princesa, se le apareció a un natural de esta tierra, a Juan Diego, en la Colina del Tepeyac.

Santa María de Guadalupe es el nombre de la celestial Señora. Ella pidió que se construyera un templo, y el templo se construyó. Más aún, hace algunos años se construyó un nuevo santuario más grande y moderno para dar cabida a un número mayor de peregrinos.

Hoy se encuentran muchísimos templos en todo México dedicados a la Virgen de Guadalupe. Casi todas las ciudades tienen el suyo.

¿Para qué pidió un templo? Para que todos nos sintiéramos en su casa cuando fuéramos allí a rezar, para poder decir a cada habitante de nuestro país las mismas palabras que dirigió a Juan Diego: “No temas, ¿no esto yo aquí que soy tu Madre?”

Hermosas palabras que nos quiere decir a cada uno todos los días, pero sobre todo en esos días amargos, días de dolor y desesperanza.

“No temas, ¿no esto yo aquí que soy tu Madre?...” Tenemos miedo de tantas cosas, miedo de perder la salud, el dinero, a que nos roben, miedo al futuro. Existe mucho miedo en el ambiente. “No temas...”, nos dice Ella.

El 12 de Diciembre hasta los más duros se ablandan, van de rodillas ante la Guadalupana.

Santos y pecadores, borrachos y mujeriegos, quizá hasta le juren a la Virgencita que van a cambiar para siempre, y al día siguiente vuelven a ser los mismos. Pero hicieron el intento, y cualquier intento es bueno. Ella se los toma en cuenta. Después de tantos intentos fallidos, basta que uno de esos esfuerzos de resultado.

Yo me pregunto si México sería el mismo si no hubiera intervenido en su historia la Reina del Cielo.

Me impresiona que los mismos inicios de México como nación, interviniera tan amorosamente esa Persona a quién con santo orgullo se le llama “Reina de México”.

En aquel momento era necesaria la ayuda y protección de la Madre de Dios. Hoy es mucho más necesaria. Los males de México son tantos y tan duros que se necesita la ayuda del cielo para remediarlos. Creo que no bastan los buenos políticos y los buenos economistas.

¡Reza, México, a tu Reina!, para que puedas ser liberado de este naufragio. Esa Reina no ha devaluado su amor a México ni a los mexicanos, hoy los quiere como entonces, pero se necesitan millones de manos alzadas al cielo, millones de rodillas que toquen la tierra rezando, millones de lenguas y corazones que unan su voz y su amor en una oración gigantesca y sonora a la Reina de México, para que venga a auxiliarnos en esta hora difícil.

Para los que tienen fe, hay un faro de esperanza en la Colina del Tepeyac que se llama Santa María de Guadalupe.

El tesoro más rico que México y el mundo entero tiene es una tilma sencilla donde la Madre de Dios se pintó a sí misma para que al contemplarla oyéramos todos su dulce mensaje: “¿No estoy yo aquí que soy tu madre?”



ROSAS EN EL TEPEYAC

Las veo en la ladera del bosque;
son grandes, muy variadas:
Todas llevan en su cáliz
perlas del rocío de la noche.

Las ha plantado una mano celestial.
La Madre de Dios tiene preferencia
por las rosas de Castilla, le gustan las rosas.

En su jardín del cielo
debe haber plantado rosas a granel,
y deben muchos ángeles cuidarlas con primor.
Son las rosas de la Madre del Señor.

“Rosas en mi jardín no hay ya,
todas han muerto”, diría un día el poeta.
¡Qué tragedia! Mustios pétalos por el suelo
es todo lo que queda de la gloria de las rosas.

Habrá que pedirle a la dueña del Tepeyac
algunos retoños de rosal
de los que plantó en la colina
para plantarlos en el jardín.

Esos rosales siempre ostentan rosas,
son frescas y hermosas;
nunca se marchitan porque son de Ella.

La imagen de Guadalupe
está pintada con pétalos de rosa,
con rocío de la noche, con amor materno.

No importa que el lienzo sea lo más pobre,
porque esa tilma recoge la obra maestra
que un pincel grabó en ella.

¿Un serafín? ¿Sabía pintura la Virgen?
Los de brocha de aquí abajo
no aciertan a descifrar
con qué arte de dibujo
fue impresa tan magnífica pintura
en una tela tan pobre.


Fuente: Catholic.net



lunes, 7 de diciembre de 2009

El Papa, cronista de los apóstoles - Mariano De Vedia

El Papa, cronista de los apóstoles
Llegó a la Argentina el libro en que Benedicto XVI describe cómo eran los discípulos elegidos por Jesús
Mariano De Vedia



Carácter decidido e impulsivo. Dispuesto a defender sus ideas incluso con la fuerza. Ingenuo, miedoso y honesto. Así describe Benedicto XVI, nada menos, a su antecesor y primer papa, San Pedro, uno de los discípulos elegidos por Jesús, en el libro Los apóstoles, cuya edición en español acaba de llegar a la Argentina.

Editado por Espasa, el libro presenta las semblanzas trazadas por el Pontífice de cada uno de los doce apóstoles que pusieron los cimientos de la Iglesia y la esparcieron por el mundo, a lo largo de los siglos.

"También entre los santos se producen conflictos, discordias y controversias", escribe Benedicto XVI, al destacar que los apóstoles, al igual que los cristianos santificados por la Iglesia, eran personas comunes, tan humanos como cualquiera, con sus fortalezas y debilidades.

El papa alemán, que asumió con una imagen identificada con la más severa ortodoxia, luego de su prolongada misión como custodio de la doctrina de la fe, suma, así, una nueva vía de acercamiento a los fieles de todo el mundo.

El libro llega tras el reciente disco Alma mater, en el que grabó cantos, plegarias marianas y reflexiones, y su cada vez más visitado sitio en Facebook, donde tiene 14.533 fans.


Apostolado

El Papa le dedica a cada uno de los apóstoles un capítulo en el libro. Incluso a Judas Iscariote, cuyo nombre "despierta entre los cristianos una reacción instintiva de reprobación y condena", escribe Benedicto XVI, que intenta explicar dos interrogantes que aún siguen abiertos: cómo es posible que Jesús lo eligiera y confiara en él, y por qué traicionó a Jesús.

Los apóstoles recoge las reflexiones que el Papa formuló en las audiencias generales de los miércoles, el encuentro semanal que mantiene con fieles que llegan a Roma desde distintos rincones del mundo.

El contenido, que indaga en los tiempos de la Iglesia primitiva, sigue la línea de Jesús de Nazaret, el libro que Benedicto XVI publicó en 2006, un año después de asumir como pontífice, que lleva vendidos más de 2,5 millones de ejemplares en todo el mundo.

La primera descripción es la de Pedro, pescador de Galilea. El Papa cuenta que es citado 154 veces con ese nombre en el Nuevo Testamento, a lo que corresponde sumar 75 menciones como Simón y otras 9 como Cefas, que significa piedra ("sobre esta piedra edificaré mi Iglesia...").

"Era un judío creyente y practicante, convencido de la presencia activa de Dios en la historia de su pueblo y dolido por no ver su acción poderosa en los sucesos de los que él era testigo", recuerda el Papa.

Sigue con Andrés, hermano de Pedro y discípulo de Juan el Bautista. "Su nombre no es hebreo, sino griego, señal significativa de que su familia tenía cierta apertura cultural", señala el Pontífice. Y menciona su muerte, en Patras, en una cruz con aspas transversales, llamada por eso "cruz de San Andrés".

Santiago el Mayor, hijo de Zebedeo, fue el primero en beber el cáliz de la Pasión en la Ultima Cena, y acompañó a Jesús, en Cafarnaún, cuando curó a la suegra de Pedro. Su hermano Juan es el "discípulo predilecto". Está junto con María al pie de la cruz y es el testigo de la tumba vacía en el momento de la resurrección.

Santiago el Menor era de Nazaret y, probablemente, pariente de Jesús. El Papa lo considera punto de referencia inevitable en la relación entre judíos y cristianos. En los cuatro relatos evangélicos, Felipe está siempre mencionado en el quinto lugar. "¿Llevo tanto tiempo con vosotros y no me has conocido?", le reprocha Jesús en la Ultima Cena cuando Felipe le pide con ingenuidad: "Señor, muéstranos al Padre y nos basta".

Mateo, recaudador de impuestos, siguió a Jesús con prontitud. Es el autor del primer Evangelio, en hebreo, que no se conserva. El que se conoce es la versión en griego.

Tomás es el primero al que Jesús le reveló: "Yo soy el camino, la verdad y la vida", una frase que trascendió todos los tiempos y fronteras. "Cada vez que oímos o leemos estas palabras, podemos ponernos en la mente de Tomás e imaginar que el Señor habla también con nosotros como habló con él", señala el Papa.

Bartolomé, cuya figura aparece en la escena del Juicio Universal pintado por Miguel Angel en la capilla Sixtina; Simón, que mostraba "un ardiente celo por la identidad judía", y Judas Tadeo (no confundirlo con Judas Iscariote) completan el elenco de los apóstoles, que tras la traición en la noche de la Ultima Cena vuelven a ser doce, al incorporarse Matías, que fue elegido por sorteo.

Además de presentar a los apóstoles, con sus características peculiares, sus experiencias al lado de Jesús y los sucesos destacados de sus vidas, el Papa se explaya sobre los perfiles de otros personajes relevantes, de los que dice que "brillan como estrellas de primera magnitud en la historia de la Iglesia". Destaca especialmente las figuras de Pablo de Tarso, a quien define como "un gigante del apostolado y de la doctrina teológica"; sus colaboradores Timoteo y Tito; Esteban, el primer mártir, y otros discípulos de los primeros tiempos de la Iglesia.

El Papa reflexiona sobre las internas suscitadas en torno de la Iglesia, al señalar que entre los santos surgen, como en todos lados, conflictos, discordias y controversias. "Y esto me parece muy consolador, pues vemos que los santos no han caído del cielo. Son hombres como nosotros, también con problemas difíciles."

Y agrega: "La santidad no consiste en no equivocarse nunca o en no pecar. La santidad crece con la capacidad de conversión, de arrepentimiento, de disposición para volver a empezar y, sobre todo, con la capacidad de reconciliación y de perdón".


Los Doce

· Pedro. Impulsivo y decidido, con carácter fuerte, ingenuo y miedoso.

· Andrés. Pescador, hermano de Pedro y el primero en seguir a Jesús.

· Santiago el Mayor. Bebió primero el cáliz de la Pasión. Predicó en España.

· Juan. Tenía un lugar relevante. Jesús le encarga preparar la Ultima Cena.

· Santiago el Menor. Nacido en Nazaret, predicó en Jerusalén.

· Mateo. Recaudador de impuestos. Escribió el primer Evangelio.

· Felipe. Formaba parte del grupo reducido que rodeaba a Jesús.

· Tomás. En un primer momento, no creía que Jesús hubiera resucitado.

· Bartolomé. Llamado a veces Natanael, evangelizó en la India.

· Simón, el cananeo. Mostraba un ardiente celo por la identidad judía.

· Judas Tadeo. Pregunta a Jesús por qué se revela sólo a los discípulos.

· Judas Iscariote. Traicionó a Jesús.



Fuente: Diario LA NACION (Buenos Aires – Argentina),
lunes 7 de diciembre del 2009


martes, 24 de noviembre de 2009

El auténtico espíritu de la liturgia - Guido Marini

El auténtico espíritu de la liturgia
Mons. Guido Marini


Mons. Guido Marini, Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias, en el marco de un “Curso para animadores musicales de la liturgia” de la Arquidiócesis de Génova, pronunció una conferencia el día 14 de noviembre de 2009. Presentamos aquí la traducción al español de la totalidad de dicha conferencia (las negritas son nuestras).


***


Introducción al espíritu de la Liturgia


Es para mí una verdadera alegría estar hoy aquí para inaugurar el “Curso para animadores musicales de la liturgia”. Creo poder decir que el motivo de mi alegría es doble. En primer lugar – éste es el primer motivo –, el estar en Génova. Es cierto que, de tanto en tanto, hago visitas a nuestra estupenda ciudad pero mis visitas son generalmente rápidas y familiares. Hoy, en cambio, me encuentro aquí para un acontecimiento diocesano, junto a vosotros, que en buena parte me sois conocidos y queridos. Además - y este es el segundo motivo de mi alegría –, lo que me trae a Génova en este día es la liturgia, el ámbito de la vida cristiana que en este momento está absorbiendo mi ministerio sacerdotal y que, como todos sabemos, es fundamental para el desarrollo en Cristo de la comunidad eclesial y de nuestra vida personal.

Se me ha pedido hacer una introducción, con esta reflexión, al espíritu de la liturgia. Se me ha pedido mucho, diría más, muchísimo. No sólo porque hablar del espíritu de la liturgia es comprometido y complejo, sino también porque sobre este tema han titulado obras importantísimas autores de indudable y altísimo nivel litúrgico y teológico. Pienso, entre otros, en sólo dos ejemplos: Romano Guardini y Joseph Ratzinger.

Por otra parte, es cierto que hablar hoy del espíritu de la liturgia es más necesario que nunca. También porque es urgente reafirmar el “auténtico” espíritu de la liturgia, tal como está presente en la ininterrumpida tradición de la Iglesia y testimoniado, en continuidad con el pasado, en el más reciente Magisterio: partiendo del Concilio Vaticano II hasta Benedicto XVI. He pronunciado la palabra “continuidad”. Es una palabra apreciada por el actual Pontífice, que ha hecho de ella autorizadamente el criterio para la única interpretación correcta de la vida de la Iglesia y, en particular, de los documentos conciliares, como también de los propósitos de reforma a todo nivel en ellos contenidos. ¿Y cómo podría ser de otro modo?. ¿Se puede imaginar una Iglesia de antes y una Iglesia de después, casi como si se hubiese producido una ruptura en la historia del cuerpo eclesial?. ¿O se puede afirmar que la Esposa de Cristo haya entrado, en el pasado, en un momento histórico en el cual el Espíritu no la haya asistido de modo que ese momento deba ser casi olvidado y cancelado?.

Sin embargo, a veces, algunos dan la impresión de adherir a lo que es correcto definir como una verdadera y propia ideología, es decir, una idea preconcebida aplicada a la historia de la Iglesia y que nada tiene que ver con la fe auténtica.

Fruto de esa engañosa ideología es, por ejemplo, la recurrente distinción entre Iglesia preconciliar e Iglesia postconciliar. Un lenguaje así puede ser legítimo pero con la condición de que no se entiendan, de este modo, dos Iglesias: una – la preconciliar – que no tendría más nada que decir o que dar porque está irremediablemente superada; y la otra – la postconciliar – que sería una realidad nueva surgida del Concilio y de su presunto espíritu, en ruptura con su pasado. Este modo de hablar, y aún más, de sentir, no debe ser el nuestro. Además de ser erróneo, está superado y caduco, tal vez sea históricamente comprensible, pero está ligado a una etapa eclesial ya concluida.

Lo que he afirmado hasta aquí a propósito de la “continuidad”, ¿tiene que ver con el tema que estamos llamados a afrontar?. Absolutamente sí. Porque no puede existir el auténtico espíritu de la liturgia si el acercamiento a ella no se da con ánimo sereno, no polémico sobre el pasado, sea remoto o próximo. La liturgia no puede y no debe ser terreno de desencuentro entre quien encuentra el bien sólo en lo que está antes de nosotros y quien, por el contrario, en lo que está antes encuentra casi siempre el mal. Sólo la disposición a mirar el presente y el pasado de la liturgia de la Iglesia como un patrimonio único y en desarrollo homogéneo, puede conducirnos a alcanzar con alegría y con gusto espiritual el auténtico espíritu de la liturgia. Un espíritu, por lo tanto, que debemos recibir de la Iglesia y que no es fruto de nuestras invenciones. Un espíritu, agrego, que nos lleva a lo esencial de la liturgia, es decir, a la plegaria inspirada y guiada por el Espíritu Santo, en quien Cristo sigue haciéndose nuestro contemporáneo, irrumpiendo en nuestra vida. Realmente el espíritu de la liturgia es la liturgia del Espíritu.

En la medida en que asimilamos el auténtico espíritu de la liturgia, nos hacemos capaces de entender cuándo una música o un canto pueden pertenecer al patrimonio de la música litúrgica y sagrada, y cuándo no. Capaces, en otras palabras, de reconocer aquella música que tiene derecho de ciudadanía dentro del rito litúrgico porque es coherente con su autentico espíritu. Si hablamos, entonces, al inicio de este curso, de espíritu de la liturgia, lo hacemos porque sólo a partir de él es posible identificar cómo deben ser la música y el canto litúrgicos.

Respecto al tema propuesto, no pretendo ser exhaustivo. No pretendo, ni siquiera, tratar todos los temas que sería útil afrontar para un panorama amplio de la cuestión. Me limito a considerar algunos aspectos de la esencia de la liturgia, con referencia específica a la Celebración Eucarística, así como la Iglesia la presenta y tal como he aprendido a profundizar en estos dos años de servicio junto a Benedicto XVI: un verdadero maestro de espíritu litúrgico, tanto por medio de su enseñanza como a través del ejemplo de su modo de celebrar.

Y si, al considerar algunos aspectos de la liturgia, me encuentro señalando algún comportamiento que considero no del todo en sintonía con el auténtico espíritu litúrgico, lo haré sólo para ofrecer una pequeña contribución para que tal espíritu puede sobresalir aún más en toda su belleza y verdad.


1. La sagrada liturgia, un gran don de Dios a la Iglesia

Como bien sabemos, el Concilio Vaticano II ha dedicado un documento entero, el primero en orden de publicación, a la Liturgia. Su nombre es “Sacrosanctum Concilium” y es definido como Constitución sobre la Sagrada Liturgia.

Intento hacer hincapié en el término “sagrado”, que va junto a “liturgia”. Al respecto, no se trata de algo casual ni de un dato de poca importancia. De este modo, de hecho, los Padres conciliares han querido dar fuerza al carácter sagrado de la liturgia. ¿Pero qué se entiende por carácter sagrado?. Los orientales hablarían de dimensión divina de la liturgia. O sea, de aquella dimensión que no se deja al arbitrio del hombre porque es don que viene de lo alto. Se trata, en otras palabras, del misterio de la salvación en Cristo, entregado a la Iglesia, para que lo haga disponible en todo tiempo y en todo lugar a través de la objetividad del rito litúrgico-sacramental. Una realidad, por tanto, que nos supera, y que debe ser acogida como don y por la cual debemos dejarnos transformar. De hecho, afirma el Concilio Vaticano II: “… toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia…” (Sacrosanctum Concilium, n. 7)

Poniéndose en esta perspectiva, no es difícil darse cuenta de que algunos modos de actuar están muy lejos del auténtico espíritu de la liturgia. A veces, en efecto, con la excusa de una mal entendida creatividad se ha llegado y se llega a trastornar de diversos modos la liturgia de la Iglesia. En nombre del principio de adaptación a las situaciones locales y a las necesidades de la comunidad, algunos se apropian del derecho de quitar, agregar y modificar el rito litúrgico con la bandera de la subjetividad y de la emotividad. Al respecto, el Card. Ratzinger, ya en el 2001 afirmaba: “Necesitamos, al menos, una nueva conciencia litúrgica para que desaparezca ese espíritu hacedor. Porque se ha llegado al extremo de que grupos litúrgicos se autofabriquen la liturgia dominical. Lo que se ofrece aquí es, sin duda, el producto de unas personas listas y trabajadoras que se han inventado algo. Pero eso no significa encontrarse con la Alteridad Absoluta, con lo sagrado, que se me regala, sino con la habilidad de unas cuantas personas. Y me doy cuenta de que no es lo que busco. Que es demasiado poco y un tanto diferente. Hoy lo más importante es volver a respetar la liturgia y su inmanipulabilidad. Que aprendamos de nuevo a reconocerla como algo que crece, algo vivo y regalado, con lo que participamos en la liturgia celestial. Que no busquemos en ella la autorrealización, sino el don que nos corresponde. Esto es, en mi opinión, lo primero; tiene que desaparecer ese obrar individualista o desconsiderado y despertar la comprensión íntima hacia lo sagrado” (Joseph Ratzinger; “Dios y el mundo”).

Por lo tanto, afirmar que la liturgia es sagrada significa subrayar el hecho de que no vive de las invenciones esporádicas o de las “ocurrencias” siempre nuevas de alguna persona o de algún grupo. La liturgia no es un círculo cerrado en el que decidimos encontrarnos, tal vez para animarnos mutuamente y sentirnos protagonistas de una fiesta. La liturgia es convocación por parte de Dios para estar en su presencia; es Dios que viene a nosotros, es Dios que se deja encontrar en nuestro mundo.

Una forma de adaptación a las situaciones particulares está prevista, y está bien que sea así. Es el misal mismo el que lo indica en algunas de sus partes. Pero en estas partes y sólo en éstas, no arbitrariamente en otras. El motivo es importante y está bien reafirmarlo: la liturgia es un don que nos precede, un tesoro precioso que nos ha sido entregado por la oración secular de la Iglesia, lugar en el que la fe de la Iglesia ha encontrado, en el tiempo, forma y expresión orante. Todo esto no está sujeto a nuestra disponibilidad subjetiva. No está sujeto a nuestra disposición, para poder estar plenamente a disposición de todos, ayer como hoy y también mañana. “También en nuestros tiempos, - ha escrito Juan Pablo II en la Encíclica Ecclesia de Eucharistia - la obediencia a las normas litúrgicas debería ser redescubierta y valorada como reflejo y testimonio de la Iglesia una y universal, que se hace presente en cada celebración de la Eucaristía” (n. 52).

En la estupenda Encíclica Mediator Dei, que es frecuentemente citada en la Sacrosanctum Concilium, Pío XII definía la liturgia como “… el culto público… el culto integral del Cuerpo místico de Jesucristo; esto es, de la Cabeza y de sus miembros”. Como diciendo, entre otras cosas, que en la liturgia la Iglesia se reconoce “oficialmente” ella misma, su misterio de unión esponsal con Cristo, y allí “oficialmente” se manifiesta. ¿Con qué insensata despreocupación podríamos nosotros, por lo tanto, arrogarnos el derecho de alterar de modo subjetivo aquellos santos signos que el tiempo ha seleccionado y a través de los cuales la Iglesia habla de sí misma, de la propia identidad, de la propia fe?.

Hay un derecho del pueblo de Dios que no puede ser nunca desatendido. En virtud de tal derecho, todos deben poder acceder a esto que no es sencilla y pobremente fruto de la obra humana, sino que es obra de Dios y, precisamente por eso, fuente de salvación y de vida nueva.

Me detengo un momento más sobre este tema que, puedo dar testimonio, es muy importante para el Papa, reescuchando con vosotros un pasaje de Sacramentum caritatis, la Exhortación apostólica de Benedicto XVI, sucesiva al Sínodo de Obispos sobre la Eucaristía: “Al subrayar la importancia del ars celebrandi –afirma el Papa-, se pone de relieve el valor de las normas litúrgicas… Favorece la celebración eucarística que los sacerdotes y los responsables de la pastoral litúrgica se esfuercen en dar a conocer los libros litúrgicos vigentes y las respectivas normas… En las comunidades eclesiales se da quizás por descontado que se conocen y aprecian, pero a menudo no es así. En realidad, son textos que contienen riquezas que custodian y expresan la fe, así como el camino del Pueblo de Dios a lo largo de dos milenios de historia” (n. 40).


2. La orientación de la plegaria litúrgica

Más allá de los cambios que históricamente han caracterizado la disposición arquitectónica de las iglesias y de los espacios litúrgicos, una convicción ha quedado siempre clara en la comunidad cristiana, casi hasta nuestros días. Me refiero a la plegaria dirigida a Oriente, tradición que se remonta a los orígenes del cristianismo.

¿Qué se entiende con “plegaria dirigida a Oriente”?. Se entiende la orientación del corazón orante hacia Cristo, Aquel de quien proviene la salvación y al cual se tiende como al Principio y al Fin de la historia. Al Oriente sale el sol, y el sol es símbolo de Cristo, la Luz que surge del Oriente. Recordemos, al respecto, el pasaje del canto mesiánico del Benedictus: “…nos visitará el Sol que nace de lo alto”.

Estudios muy serios, e incluso recientísimos, ya han demostrado que, en todo tiempo de su historia, la comunidad cristiana ha encontrado el modo de expresar también en el signo litúrgico, externo y visible, esta orientación fundamental para la vida de la fe. De este modo, encontramos las iglesias construidas de tal modo que el ábside estuviese dirigido hacia oriente. Cuando ya no fue posible tal orientación en la edificación del lugar sagrado, se recurrió al gran crucifijo puesto sobre el altar y al que todos pudiesen dirigir la mirada. Podemos pensar en los ábsides decorados con espléndidas representaciones del Señor, hacia las cuales todos eran invitados a levantar los ojos en el momento de la Liturgia Eucarística.

Sin entrar en el detalle de un recorrido histórico que nos llevaría a una reflexión sobre el desarrollo del arte cristiano, en este contexto nos interesa afirmar que la oración “orientada”, o sea, dirigida al Señor, es expresión típica del auténtico espíritu litúrgico. En este sentido, como bien nos recuerda el diálogo introductorio del Prefacio, en el momento de la Liturgia Eucarística somos invitados a dirigir el corazón al Señor: “Levantemos el corazón”, exhorta el sacerdote, y todos responden: “Lo tenemos levantado hacia el Señor”. Ahora, si esta orientación debe ser siempre interiormente adoptada por toda la comunidad cristiana recogida en oración, debe encontrar expresión también en el signo exterior. El signo exterior, de hecho, no puede ser más que verdadero para que en él se ponga de manifiesto la correcta actitud espiritual.

He aquí, entonces, el motivo de la propuesta hecha en su momento por el Card. Ratzinger, y ahora reafirmada en el curso de su pontificado, de colocar el crucifijo en el centro del altar de modo que todos, en el momento de la Liturgia Eucarística, puedan efectivamente mirar al Señor, orientando así su plegaria y su corazón. Escuchemos directamente a Benedicto XVI que escribe en el prefacio al primer volumen de su Opera Omnia, dedicado a la liturgia: “La idea de que sacerdote y pueblo en la oración deberían mirarse recíprocamente nació sólo en la cristiandad moderna y es completamente extraña en la antigua. Sacerdote y pueblo ciertamente no rezan el uno hacia el otro, sino hacia el único Señor. Por tanto, durante la oración miran en la misma dirección: o hacia Oriente como símbolo cósmico del Señor que viene, o, donde esto no fuese posible, hacia una imagen de Cristo en el ábside, hacia una cruz o simplemente hacia el cielo, como hizo el Señor en la oración sacerdotal la noche antes de su Pasión (Jn. 17, 1). Mientras tanto se está abriendo paso cada vez más, afortunadamente, la propuesta hecha por mí al final del capítulo en cuestión en mi obra: no proceder a nuevas transformaciones, sino proponer simplemente la cruz al centro del altar, hacia la cual puedan mirar juntos el sacerdote y los fieles, para dejarse guiar en tal modo hacia el Señor, al que todos juntos rezamos”.

Y no se diga que la imagen del crucifijo oculta al celebrante de la vista de los fieles. ¡Los fieles no deben mirar al celebrante en aquel momento litúrgico!. ¡Deben mirar al Señor!. Como al Señor debe poder mirar también aquel que preside la celebración. La cruz no impide la vista; más bien, la abre al horizonte del mundo de Dios, la lleva a contemplar el misterio, la introduce en aquel Cielo del que proviene la única luz capaz de dar sentido a la vida de esta tierra. La vista, en realidad, quedaría oscurecida, impedida, si los ojos permanecieran fijos sobre aquello que es solamente presencia del hombre y obra suya.

De este modo, se comprende porque aún hoy es posible celebrar la Misa en los altares antiguos, cuando las particulares características arquitectónicas y artísticas de nuestras iglesias lo aconsejan. El Santo Padre nos da ejemplo también en esto al celebrar la Eucaristía en el altar antiguo de la Capilla Sixtina, en la fiesta del Bautismo del Señor.

En nuestro tiempo, ha entrado en el lenguaje habitual la expresión “celebración hacia el pueblo”. Se la puede aceptar si con esta expresión se quiere describir el aspecto topográfico, debido al hecho de que hoy el sacerdote, por la colocación del altar, se encuentra con frecuencia en posición frontal respecto a la asamblea. Pero no se la podría aceptar absolutamente si se le diera un contenido teológico. De hecho, la Misa, teológicamente hablando, está siempre dirigida a Dios por medio de Cristo Señor, y sería un grave error imaginar que la orientación principal de la acción sacrificial fuese la comunidad. Por lo tanto, esta orientación – al Señor – debe animar la participación litúrgica interior de cada uno. Y es igualmente importante que pueda ser bien visible también en el signo litúrgico.


3. La adoración y la unión con Dios

La adoración es el reconocimiento lleno de asombro, también podríamos decir extático – porque nos hace salir de nosotros mismos y de nuestro pequeño mundo -, de la grandeza infinita de Dios, de su majestad inalcanzable, de su amor sin fin que se dona a nosotros en absoluta gratuidad, de su señorío omnipotente y providente. La adoración conduce, en consecuencia, a la reunificación del hombre y de la creación con Dios, a salir del estado de separación, de aparente autonomía, a la pérdida de uno mismo que es la única manera de encontrarse.

Frente a la belleza indecible de la caridad de Dios, que toma forma en el misterio del Verbo Encarnado, muerto y resucitado por nosotros, y que encuentra en la liturgia su manifestación sacramental, no nos queda más que permanecer en adoración. “El acontecimiento pascual y la Eucaristía que lo actualiza a lo largo de los siglos – afirma Juan Pablo II en la Ecclesia de Eucharistia - tienen una capacidad verdaderamente enorme, en la que entra toda la historia como destinataria de la gracia de la redención. Este asombro ha de inundar siempre a la Iglesia, reunida en la celebración eucarística” (n.5).

“Señor mío y Dios mío”, nos han enseñado a decir, desde niños, en el momento de la consagración. De este modo, tomando prestada la exclamación del apóstol Tomás, somos llevados a adorar al Señor presente y vivo en las especies eucarísticas, uniéndonos a Él y reconociéndolo como nuestro Todo. Y desde allí se puede retomar el camino cotidiano, habiendo reencontrado el orden exacto de la existencia, el criterio fundamental a la luz del cual vivir y morir.

Es por eso que todo, en la acción litúrgica, en el signo de la nobleza, de la belleza, de la armonía, debe conducir a la adoración, a la unión con Dios: la música, el canto, el silencio, el modo de proclamar la Palabra del Señor y el modo de rezar, la gestualidad, las vestiduras litúrgicas y los objetos sagrados, así como también el edificio sagrado en su conjunto. Precisamente en esta perspectiva, ha de considerarse la decisión de Benedicto XVI que, a partir del Corpus Domini del año pasado, ha empezado a distribuir la Sagrada Comunión a los fieles, directamente en la lengua y de rodillas. Con el ejemplo de este gesto, el Papa nos invita a manifestar la actitud de la adoración frente a la grandeza del misterio de la presencia eucarística del Señor. Actitud de adoración que deberá ser todavía más observada al acercarse a la Santísima Eucaristía en las otras formas actualmente concedidas.

Al respecto, quisiera citar otro pasaje de la Exhortación Apostólica Post-sinodal Sacramentum Caritatis: “Mientras la reforma daba sus primeros pasos, a veces no se percibió de manera suficientemente clara la relación intrínseca entre la santa Misa y la adoración del Santísimo Sacramento. Una objeción difundida entonces se basaba, por ejemplo, en la observación de que el Pan eucarístico no habría sido dado para ser contemplado, sino para ser comido. En realidad, a la luz de la experiencia de oración de la Iglesia, dicha contraposición se mostró carente de todo fundamento. Ya decía san Agustín: «Nadie come de esta carne sin antes adorarla, pecaríamos si no la adoráramos». En efecto, en la Eucaristía el Hijo de Dios viene a nuestro encuentro y desea unirse a nosotros; la adoración eucarística no es sino la continuación obvia de la celebración eucarística, la cual es en sí misma el acto más grande de adoración de la Iglesia. Recibir la Eucaristía significa adorar al que recibimos. Precisamente así, y sólo así, nos hacemos una sola cosa con Él y, en cierto modo, pregustamos anticipadamente la belleza de la liturgia celestial” (n. 66).

Pienso que, entre otras cosas, no ha pasado desapercibido el siguiente pasaje del texto recién leído: “(La Celebración eucarística) es en sí misma el acto más grande de adoración de la Iglesia”. Gracias a la Eucaristía, afirma Benedicto XVI, “lo que antes era estar frente a Dios, se transforma ahora en unión por la participación en la entrega de Jesús, en su Cuerpo y su Sangre” (Deus caritas est, n. 13). Por eso, todo en la liturgia, y especialmente en la Liturgia Eucarística, debe tender a la adoración, todo en el desarrollo del rito debe ayudar a entrar en la adoración que la Iglesia hace de su Señor.

Considerar la liturgia como lugar de la adoración, de la unión con Dios, no significa perder de vista la dimensión comunitaria de la celebración litúrgica, ni mucho menos olvidar el horizonte de la caridad. Al contrario, sólo desde una renovada adoración del misterio de Dios en Cristo, que toma forma en el acto litúrgico, podrá surgir una auténtica comunión fraterna y una nueva historia de caridad, según aquella imaginación y aquella heroicidad que sólo la gracia de Dios puede donar a nuestros pobres corazones. La vida de los santos lo recuerda y lo enseña. “La unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos los demás a los que él se entrega. No puedo tener a Cristo sólo para mí; únicamente puedo pertenecerle en unión con todos los que son suyos o lo serán. La comunión me hace salir de mí mismo para ir hacia Él, y por tanto, también hacia la unidad con todos los cristianos” (Deus caritas est, n. 14).


4. La participación activa

Precisamente ellos, los santos, han celebrado y vivido el acto litúrgico participando activamente. La santidad, como resultado de sus vidas, es el testimonio más bello de una participación realmente viva en la liturgia de la Iglesia.

Así pues, justamente y también providencialmente, el Concilio Vaticano II ha insistido mucho en la necesidad de favorecer una auténtica participación de los fieles en la celebración de los santos misterios, en el momento en que ha recordado la llamada universal a la santidad. Y esta autorizada indicación ha sido confirmada y propuesta nuevamente en muchos documentos sucesivos del magisterio hasta nuestros días.

Sin embargo, no siempre ha habido una comprensión correcta de la “participación activa”, tal como la Iglesia enseña y exhorta a vivirla. Es cierto, se participa activamente también cuando se realiza, dentro de la celebración litúrgica, el servicio que es propio de cada uno; se participa activamente también cuando se tiene una mejor comprensión de la Palabra de Dios escuchada y de la oración recitada; se participa activamente también cuando se une la propia voz a la de los otros en el canto coral… Todo eso, sin embargo, no significaría participación realmente activa si no condujera a la adoración del misterio de la salvación en Cristo Jesús, muerto y resucitado por nosotros: porque sólo quien adora el misterio, acogiéndolo en la propia vida, demuestra haber comprendido lo que se está celebrando y, por lo tanto, es realmente partícipe de la gracia del acto litúrgico.

Para confirmar y apoyar lo que venimos afirmando, escuchemos una vez más al Card. Ratzinger en un pasaje de su fundamental volumen “Introducción al espíritu de la liturgia”: “¿En qué consiste esta participación activa? ¿Qué es lo que hay que hacer? Desgraciadamente, esta expresión se interpretó muy pronto de una forma equivocada, reduciéndola a su sentido exterior: a la necesidad de una actuación general, como si se tratase de poner en acción al mayor número posible de personas, y con la mayor frecuencia posible. Sin embargo, la palabra «participación» remite a una acción principal, en la que todos tenemos que tener parte. Por tanto, si se quiere descubrir de qué acción se trata, hay que averiguar, antes que nada, cuál es esa verdadera «actio» central, en la que deben participar todos los miembros de la comunidad. Con el término actio, referido a la liturgia, se alude en las fuentes a la plegaria eucarística. La verdadera acción litúrgica, el acto verdaderamente litúrgico, es la oratio. Esta oratio – la solemne plegaria eucarística, el canon – es, en realidad, algo más que una serie de palabras, es actio en el sentido más alto del término. En ella se hace presente Cristo mismo y toda su obra de salvación y, por eso, la actio humana pasa a un segundo plano y deja lugar a la actio divina, al actuar de Dios”.

Así, la verdadera acción que se realiza en la liturgia es la acción de Dios mismo, su obra salvífica en Cristo, participada a nosotros. Ésta es la verdadera novedad de la liturgia cristiana respecto a toda otra acción cultual: Dios mismo actúa y realiza lo que es esencial, mientras que el hombre está llamado a abrirse a la acción de Dios, con el fin de ser transformado. El punto esencial de la participación activa es, en consecuencia, que sea superada la diferencia entre el actuar de Dios y nuestro actuar, que podamos convertirnos en una sola cosa con Cristo. Es por eso que, para reafirmar lo que se ha dicho en precedencia, no es posible participar sin adorar.

Escuchemos todavía un pasaje de la Sacrosanctum Concilium: “Por tanto, la Iglesia, con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen conscientes, piadosa y activamente en la acción sagrada, sean instruidos con la palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la Hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él, se perfeccionen día a día por Cristo mediador en la unión con Dios y entre sí, para que, finalmente, Dios sea todo en todos” (n. 48).

Respecto a todo esto, el resto es secundario. Y me refiero, en particular, a las acciones exteriores, aunque importantes y necesarias, previstas sobre todo durante la Liturgia de la Palabra. Me refiero a ellas porque si se convierten en lo esencial de la liturgia y ésta es reducida a un genérico actuar, entonces se ha entendido mal el auténtico espíritu de la liturgia. En consecuencia, la verdadera educación litúrgica no puede consistir sencillamente en el aprendizaje y ejercicio de actividades exteriores sino en la introducción a la acción esencial, a la obra de Dios, al misterio pascual de Cristo por el cual debemos dejarnos alcanzar, implicar y transformar. Y no debe confundirse la realización de gestos externos con la correcta implicación de la corporeidad en el acto litúrgico. Sin quitar nada al significado y a la importancia del gesto externo que acompaña al acto interior, la Liturgia pide mucho más al cuerpo humano. Pide, de hecho, su total y renovado compromiso en la cotidianidad de la vida. Lo que el Santo Padre Benedicto XVI llama “coherencia eucarística”. Precisamente el ejercicio puntual y fiel de esa coherencia es la expresión más auténtica de la participación, incluso corpórea, en el acto litúrgico, en la acción salvífica de Cristo.

Todavía añado algo más. ¿Estamos realmente seguros de que la promoción de la participación activa consiste en hacer todo lo más posible e inmediatamente comprensible?. ¿No será que el ingreso en el misterio de Dios puede ser también y, a veces, mejor acompañado por lo que toca las razones del corazón?. ¿No sucede, en algunos casos, que se da un espacio desproporcionado a la palabra, chata y banalizada, olvidando que a la liturgia pertenecen palabra y silencio, canto y música, imágenes, símbolos y gestos?. ¿Y no pertenecen también a este múltiple lenguaje, que introduce en el centro del misterio y en la verdadera participación, la lengua latina, el canto gregoriano, la polifonía sacra?.


5. ¿Qué música para la liturgia?

No me compete a mí entrar directamente en lo que atañe a la música sagrada o litúrgica. Otros, con más competencia, tratarán el asunto en el curso de los próximos encuentros.

Lo que, sin embargo, me parece importante subrayar es que la cuestión de la música litúrgica no puede ser considerada independientemente del auténtico espíritu de la liturgia y, por lo tanto, de la teología litúrgica y de la espiritualidad que de allí surge. Lo que hemos afirmado – que la liturgia es un don de Dios que nos orienta a Él y que, mediante la adoración, nos permite salir de nosotros mismos para unirnos a Él y a los otros – no sólo intenta aportar algunos elementos útiles para la comprensión del espíritu litúrgico sino también elementos necesarios para el reconocimiento de lo que realmente puede decirse música y canto para la liturgia de la Iglesia.

Me permito, al respecto, sólo una breve reflexión a modo de orientación. Uno podría preguntarse cuál es el motivo por el que la Iglesia, en sus documentos más o menos recientes, insista en indicar un cierto tipo de música y de canto como particularmente adecuados para la celebración litúrgica. Ya el Concilio de Trento había intervenido en el conflicto cultural entonces en acto, restableciendo la norma por la que, en la música, la adherencia a la palabra es prioritaria, limitando el uso de los instrumentos e indicando una diferencia clara entre música profana y música sacra. La música sacra, de hecho, no puede ser entendida nunca como expresión de pura subjetividad. Ella está anclada en los textos bíblicos o de la tradición, a celebrar en forma de canto. En épocas más recientes, el Papa San Pío X realizó una intervención similar tratando de alejar la música operística de la liturgia e indicando el canto gregoriano y la polifonía de la época de la renovación católica como criterio de la música litúrgica, que debe ser distinguida de la música religiosa en general. El Concilio Vaticano II no hizo más que reiterar las mismas indicaciones, así como también las más recientes intervenciones magisteriales lo han hecho.

¿Por qué, entonces, la insistencia de la Iglesia en presentar las características típicas de la música y del canto litúrgico de modo tal que permanezcan distinguidas de toda otra forma musical?. ¿Y por qué el canto gregoriano y la polifonía sacra clásica resultan ser las formas musicales ejemplares, a la luz de las cuales continuar hoy produciendo música litúrgica, también popular?.

La respuesta a esta pregunta está precisamente en todo lo que hemos tratado de afirmar sobre el espíritu de la liturgia. Son estas formas musicales – en su santidad, bondad y universalidad – las que traducen en notas, en melodía y en canto, el auténtico espíritu litúrgico: dirigiéndonos a la adoración del misterio celebrado, favoreciendo una auténtica e integral participación, ayudando a percibir lo sagrado y, por lo tanto, el primado esencial del actuar de Dios en Cristo, permitiendo un desarrollo musical no desanclado de la vida de la Iglesia y de la contemplación de su misterio.

Permitidme una última cita de Joseph Ratzinger: “Gandhi señala tres espacios vitales del cosmos, cada uno de ellos con su propio modo de ser. En el mar viven los peces y callan; los animales de la tierra gritan; pero las aves, cuyo espacio vital es el cielo, cantan. Lo propio del mar es el silencio; lo propio de la tierra, el grito; lo propio del cielo, el canto. Pero el hombre participa en las tres cosas; lleva en sí la profundidad del mar, la carga de la tierra y la altura del cielo, y por eso le pertenecen las tres propiedades: el callar, el gritar y el cantar. Hoy vemos cómo al hombre, después de perder la trascendencia, le resta sólo el grito, porque sólo quiere ser tierra e intenta convertir el cielo y la profundidad del mar en tierra suya. La verdadera liturgia, la liturgia de la comunión de los santos, devuelve la integridad al hombre. Le invita de nuevo a callar y a cantar, abriéndole la profundidad del mar y enseñándole a volar, que es el ser del ángel; elevando su corazón, hace sonar de nuevo en él aquel canto olvidado. Y podemos afirmar incluso que la verdadera liturgia se reconoce por el hecho de que nos libra del actuar común y nos devuelve la profundidad y la altura, el silencio y el canto. La verdadera liturgia se reconoce por el hecho de que es cósmica, no grupal. Canta con los ángeles. Calla con la profundidad expectante del universo. Y redime así la tierra” (Joseph Ratzinger; “Un canto nuevo para el Señor”).

Concluyo. Es ya desde hace algunos años que en la Iglesia, a muchas voces, se habla de la necesidad de una nueva renovación litúrgica. De un movimiento de algún modo similar al que puso las bases para la reforma promovida por el Concilio Vaticano II, que sea capaz de realizar una reforma de la reforma, es decir, un paso adelante en la comprensión del auténtico espíritu litúrgico y de su celebración: llevando así a buen término aquella reforma providencial de la liturgia que los Padres conciliares habían comenzado pero que no siempre, en la aplicación práctica, ha encontrado una puntual y feliz realización.

Nuestra Diócesis, en el movimiento litúrgico del siglo pasado, ha tenido un rol no secundario. El amor por el auténtico espíritu de la liturgia forma parte de su patrimonio de fe, también en virtud de grandes pastores de almas que han dejado su huella en nuestra tierra. Estoy seguro de que un rol similar, si no más significativo, podrá tener también en nuestro tiempo. Que con la ayuda del Señor pueda el ulterior desarrollo de la reforma ser también el fruto de nuestro amor sincero por la liturgia, en fidelidad a la Iglesia y al Papa.





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